El Leviatan
Jueves, 18 de Febrero de 2010 17:28

Sentado en el borde de nuestro bote, sus ojos experimentados escudriñan el horizonte, Rafael sostiene en su mano derecha un arpón de aluminio y con la izquierda intenta en vano, mantener en su sitio la raya de un peludo trasero que se asoma por su pantaloneta, de repente Rafael grita, señala una gigantesca sombra negra que flota a babor y con agilidad inesperada, se lanza al agua.
A pesar de su prominente barriga, Rafael de la parra es un buzo y nadador excelente, al igual que los pingüinos emperadores, las focas o las morsas, en el agua se transforma en un infalible cazador hidrodinámico, tanto asís que apenas me da tiempo de reaccionar. Agarro mi arpón y con algo de nervios los sigo, más atrás, Gerónimo Aviles, el fotógrafo, hace lo propio, somos tres tras el monstruo.
Las aguas del golfo de México, en especial alrededor de la isla de Holbox en donde nos encontrábamos, son como en casi todo el Caribe, verdes y azules, hay pesca abundante y a excepción de la época de huracanes, esta isla de pescadores se asemeja al paraíso, pero como cualquier paraíso que se respete este también tiene sus demonios.
Dicen que en el quinto día del génesis Dios creó las profundidades y para habitarlas; entre otras criaturas, le dio vida al leviatán, un monstruo tan cruel y diabólico como Satán, Baal o Luzbel. Leviatán tenía pareja para poder reproducirse, pero Dios, que como que hace las cosas y luego se arrepiente, decidió que era demasiado peligroso que dicho mal pudiera salir de la profundidades y esparcirse por la tierra, el buen Dios decidió entonces asesinar a la hembra del leviatán, pero tal vez hubiera sido más practico y menos radical hacerle una ligadura de trompas, pero Dios es Dios y sabe lo que hace. Desde entonces viudo y traicionado el demonio del océano vaga por las profundidades a la caza de pescadores, marineros, náufragos y uno que otro bañista.
Con el tiempo el pobre leviatán se habrá perdido en las profundidades, tal vez preguntándose como diría Alci acosta "por qué se fue por qué murió por que el señor me la quito" y mientras tanto en la superficie, el hombre, indefenso y frágil, ante el poder de un océano en el que no podía sumergirse para conocerlo por dentro, decidió llamar leviatán a cualquier criatura del mar que alimentara sus pesadillas, y si hay algo en las profundidades que podría ser el verdadero leviatán, eso es un tiburón del tamaño de una buseta con unas fauces tan grandes que podrían albergar un Jonás completo con balsa y todo.
El tiburón ballena es el pez más grande del océano, puede llegar a medir 15 metros y pesar entre 15 y 20 toneladas, habita en la mayoría de los mares cálidos y templados. Todavía se desconoce mucho sobre sus hábitos reproductivos y cuando decide irse a lo profundo nadie sabe a donde va, un verdadero misterio. Rafael de la parra es un biólogo mexicano a cargo de un proyecto llamado Dominó -para hacerle honor a las exóticas manchas que cubren la piel de este escualo-.
Rafael es un conservacionista obsesionado con la investigación y protección de este monstruo marino, y hoy tenía entre sus planes acercarse a uno de ellos lo suficiente como para enterrarle un seguidor satelital en el lomo y escapar ileso, en una suerte de rejoneo submarino.
Para una misión submarina como esta, hubiera imaginado equipos más sofisticados, pero aparte del dispositivo que estaba en la punta de un arpón, mis únicas herramientas eran unas aletas, una máscara, unas piernas y unos pulmones, y mi única protección, la sapiencia y valentía de Rafael de la Parra, un hombre que nadaba hacia el abismo, sosteniendo una lanza entre sus dientes mientras con sus manos luchaba para mantener a raya la raya de su trasero.
La razón por la que no se usan tanques y equipo completo de buceo, es que este haría imposible nadar a una velocidad que permita seguir al tiburón. Al cabo de unos segundos teníamos al titán a la vista, una imagen sobrecogedora en especial para un viajero como yo, al que tristemente se le agota la capacidad de sorprenderse.
Estaba a unos 10 pies debajo de nosotros, era inmenso, majestuoso, aterrador, todo el instinto me gritaba que estar al lado de un animal salvaje de 15 toneladas no parecía muy seguro, un golpe de una de sus aletas podría partir una espina dorsal con mucha facilidad y en su boca cabria Rafael de la Parra completo con barriga, arpón y trasero. Pero antes de que el miedo me hiciera tragar agua, Rafael se le lanzó al leviatán con decisión demencial, dejó que pasara la cabeza y cuando tubo la aleta dorsal a su alcance descargo su estocada, el animal sintió el acero y su aleta caudal se abanico con fuerza pasando a centímetros de la cabeza de Rafael, yo estaba tan perplejo que se me olvidó que no tenía tanque y cuando lo recordé casi me trago el snorkel. Regrese a la superficie pálido, temblando y eufórico.
Fue un día largo y emocionante, de principio a fin avistamos 11 ejemplares entre los 8 y los 14 metros, colocamos igual número de dispositivos y abrimos igual número de registros de estos animales que son absolutamente inofensivos, que se alimentan de plancton y son considerados una especie en peligro de extinción.
El tiburón ballena se ha convertido en una prioridad de las autoridades medioambientales de México, y Rafael de la Parra y la fundación Dominó, son piezas claves en esta lucha contra el verdadero leviatán, el único monstruo del mar que en realidad es el hombre poseído por demonios de nombre Exxon Valdes, Monsanto, Shell y otros más, en un mundo tan cínico que las grandes corporaciones acaparan pantalla patrocinando limpiezas submarinas que no sirven para nada, gastándose bicocas, mientras de otro lado causan daños invaluables e irreparables a los mares, que es donde vierten muchas de sus porquerías.
Al día siguiente en un momento de descanso para los científicos y de intimidad para nosotros, con los pulmones más laxos me dejé caer sobre el dorso del tiburón, está prohibido acariciarlos, así que con las manos atrás deje que mi cuerpo descansara sobre el suyo. Como un viejo submarino se precipitó con parsimonia y yo me sumergí con él.
A mi alrededor todo se ponía oscuro y el agua cada vez más fría, sentí que moría o que al menos eso quería, abandonarme para siempre y que este ángel demonio me arrastrara hacia un cielo submarino, fueron 20 metros de caída, 60 pies de eternidad, hasta que un beep electrónico me arranco del paraíso, como cuando algún mequetrefe deja el celular prendido en cine y lo llaman cuando uno está a punto de llorar en silencio. Era el computador de Jerónimo, el fotógrafo, que nos advertía de la profundidad, entonces decidí no morir aunque fuera de placer y dejar que mi noble leviatán volviera al abismo de los tiempos donde el espacio y el tiempo se dilatan, y en donde tal vez algún día Dios le devuelva la pareja que le quito en el génesis.
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